hace una semana conocí a mi profesor de poesía. Es alto, delgado, de piel blanca, ojos cafés, cabello y barba castaños, su voz grave y fuerte avala su profesión de filósofo y poeta.
desde que lo vi te evoqué, te reviví en él, a vos, que fuiste el mejor maestro de todos mis días; estabas en él, en su forma de moverse, de vestir, eras vos, varias décadas más joven.
¡no te rías, que es verdad!
aprendí varias cosas en ese primer encuentro, la más importante quizá, que «la poesía demanda lo mejor de nosotros, y lo mejor de nosotros es nuestra atención, la disposición de todos nuestros sentidos».
bonito, ¿cierto?
me contaron que moriste, hace años, era algo que presentía pero, escucharlo fue como recibir un disparo en el pecho.
sin embargo, vas a necesitar mucho más que dejar de existir para borrar de mí esta inamovible y sincera gratitud.
¡tanta que me alcanza para revivirte, imagínate no más!
contame, ¿cuándo venís?
pa’ tomarnos un café, o una cerveza, pa’ charlar horas, o mejor, escucharte horas, pa’ decirte que me diste el regalo más bonito que se le puede dar a alguien; que ese libro en mis manos era una llave, y que la expresión en tu rostro, al entregármelo, indicaba que lo sabías de sobra…
Lo que no sabés, es que la usé.
¿tenés tus gafas allá, pa’ que me leas un rato?