Caro, te diste duro en la cara.
Verte desde tan afuera, en un momento tan sensible —menstrualmente hablando— tenía que ser algo canónico.


Pero deberías recordar más seguido, querida Caro,
que no ha habido cosa que no termine empujándote hacia adelante.
Aunque casi siempre te cueste verlo.
Y agradecer(te)lo.

Cultivar algo.
Dar de comer a una idea.
Sentirnos dando vueltas, cayendo en una espiral, sin certeza de un final. Sin promesa de un cambio.

Tocamos fondo, de muchas maneras, en muchos momentos. Y reincidimos, nos fallamos. En singular y en plural.



Un gato sube repentino a mi cama. Me ancla, de nuevo al presente. A nosotros, en ésta habitación, a mí. 🌱

Escribir es recordarnos a nosotros mismos lo que de nosotros mismos queremos conservar.

«Escribo para volver a mí» fue la descripción que le puse hace ya varios años a este blog. Y cada vez que entro y veo ese texto, vuelvo y me lo confirmo. Como una de esas verdades que están escritas de todas las formas posibles en lo más hondo.

Escribir, para mí, es como llorar: no se fuerza. O pasa, o no pasa. O llega, o no llega. No me apuro.

Hay días en los que la llave de la palabra no se cierra. Y otros en los que no asoma ni una gota.
Lo único cierto es que, en el fondo, sé que volverá a abrirse… cada vez que necesite volver a mí.

Posiblemente, pocas cosas están tan pegadas al alma como los talentos. Esas cosas que, sin saber por qué, nos salen fácil, como si supiéramos hacerlas desde siempre, como si desde el principio hubieran estado ahí. Se nos muestran claras, se explican solas, nos asustan —o al menos a mí— y nos llaman.❤️‍🔥

Dos cosas pido entonces a esta vida: no dejar de escuchar mi llamado y tener la valentía para pagar el precio de seguirlo.

🪡🙌🏻✨

Cuelgan los sueños de hilos delgados, casi invisibles. Los mece el viento, con dulzura, con violencia. Los golpea la lluvia, los traspasa el sol.

No son inmunes, pero resisten. Se agitan, chocan entre sí. Aturdidos, tiritan de frío. Sofocados, se desdibujan ante el calor.


—Pero cada día trae su afán.


Y entonces, cada día, vuelven a colgar los sueños, como sostenidos por todas las fuerzas del universo.

¿Puedes ver las mariposas? Son muchas. Todas están muertas.

Una sobre otra, se aglomeraron en el sótano de una promesa que ya nadie recuerda. Sus alas, transparentadas por existir más de la cuenta, perdieron el terciopelo de colores que se parece a la vida.

Y el tiempo va goteando, escurriéndose entre los anhelos que alguna vez nos hicieron sentir vivos. La melancolía se filtra, abriéndose paso sigilosa y decididamente en el espíritu. Sin mediar palabras, sin pedir permiso.

La felicidad es escurridiza en estos días, cuando realmente a nada ni a nadie puedes llamar hogar.


Como un manto frío, se asomó una nube. Descendió por la montaña, como una ola difusa de algodón helado. Pasó frente a la que, en ese momento, era nuestra ventana. Envolvió la casa, que ya flotaba antes de su llegada. Nunca sentí frío, a pesar de que estuvimos largo rato envueltos por la lluvia. ❤️‍🔥