Lluvia

Mi gato amarillo ronronea, hecho un ovillo de sueño, sobre la mesa azul que me dejó la abuela. La puse al lado de la única ventana que tiene mi pequeña casa en el alto. Me apoyo en la ventana, doy un sorbo a mi café. Una cortina blanquecina de fina lluvia nos separa del centro de Medellín. Divago entre recuerdos de la abuela y mi pasada niñez a su lado, después de la muerte de mamá. Tal vez los recuerdos se amontonan y producen lágrimas, parecidas a la lluvia. Tal vez el invierno hace que la vida pase más despacio.

Ventana

Suceden las cosas, sin que necesiten ser vistas. A veces, la mayoría de las veces, no se anuncian. Pero todas las veces dejan una enseñanza… Y esa enseñanza se parece a una ventana triste, por la que uno no quiere asomarse.

No «ser especial»…

Bien, -inicia mi diálogo interno-

¿Qué tan malo puede ser eso?

Tal vez, ese término tan vendido y comprado en las relaciones humanas es sólo cuestión de marketing: «te quiero, porque eres especial». Puede leerse, a la inversa, como: más te vale no dejar de serlo, porque entonces ya no te voy a querer.

Por otro lado, «ser especial» puede ser algo visible únicamente a los ojos que se disponen. He ahí el lente, que todo lo amplifica para acercarlo, o lo reduce para alejarlo.

No. Claro que no. No soy especial, y estoy bien con eso. Es bastante pretencioso buscar serlo, no me interesa. No me mide una comparación externa, sea cual sea. Es absurdo.

Soy yo, la que conozco dentro de esta piel. La que entabla este tipo de diálogos, a veces interminables, sin una sola palabra audible. Yo y mis huesos, que soportan y sostienen mis miedos, vacíos, cuestionamientos, contradicciones, desesperanzas, caídas, oscuridades.

¿Demasiadas o muy pocas?, no sé.
Lo normal, lo de todos, en distintas proporciones. Supongo.

Por lo pronto, renuncio a querer «ser especial». En esa búsqueda muero, me limito y me asfixio, mucho antes de ser o de saber lo que, realmente, puedo y quiero ser.

La muerte se bambolea coqueta, como opción de calma, en mis momentos de honda tristeza.
La contemplo, largamente. No acudo a su llamado. Me confieso demasiado cobarde para aceptar su abrazo. Para propiciarlo. Pienso, dado el caso, en las preguntas que se harían los que me han amado. Eso me desarma, desmantela toda intención de dar el primer paso.
Lloro y duermo. No es, por supuesto, un alivio definitivo. Pero la vida, sabiéndome débil, tiene esa forma de darme dosis de pequeñas treguas momentáneas.

Soy una membrana, fina y pálida. Llega la tristeza. Dejo que fluya, que sea, que pase a través de mí. Hace su trabajo, sin afán, silenciosa, como es ella. La observo. Ella lo sabe, no le molesta. También soy silencio. Quiero ser silencio. No explicar nada a nadie. La vida es lenta. La lluvia, compañera previsible. Los párpados pesados. Los pensamientos, esquivos, remotos. Las ganas de dormir, infinitas.

El duelo. ¿Qué es el duelo?

Quizá, algo parecido a sentirse agotado.

De pie, al lado de la ventana.
La guirnalda de palmeras se mueve, varios metros sobre mi cabeza, justo en frente el helecho, que hace lo mismo en un cadencia hipnótica. El aire es fresco. La nube grande en el cielo tiene los bordes difuminados, una luz la atraviesa verticalmente, un ave lo hace de forma horizontal.


Pasaron los minutos. La tarde murió en color amarillo.

puedo suponer que el placer adherido, y a la vez oculto, en el velo de la nostalgia, viene del lugar recóndito dónde podemos rasgar -arrancar- un pedazo de nosotros mismos.

un dolor hambriento, que crece conociéndonos porque se alimenta de nuestro vacío. De ahí que sea tan difícil desprendernos. De ahí que nos atraiga tanto.