Ceder a la pausa. Levantar el pie del acelerador. Hacer la pases con el silencio, o con el llanto, de ser necesario.

Respirar…

Me gusta la complicidad que esos momentos de quietud despierta en mis gatos. La curiosidad que los trae hacia a mí cuando me detengo. Me miran y es como si dijeran: ¡Oye, al fin! te lo debías y no va a acabarse el mundo por esto.

Olvido con frecuencia que en la pausa está el impulso. Ellos están ahí para laurearme cuando lo recuerdo.

Que todo este dolor del desarraigo sirva para plantarte con raíces nuevas y más fuertes en otros lugares, con nuevos y mejores atardeceres.

– espacio – tiempo – silencio – ausencia –

para pensar y pensarse.

para liberar y liberarse.

para despojarse, de verdad.

hay que aprender a tomar distancia de uno mismo, de todo(s).

Final(idad) del camino:

«En verdad muchas cosas dejaron de importarme. Y me alegro. Que me roben las maletas y yo pueda viajar con las manos libres.» Alejandra Pizarnik

Quisiera compartirte muchas cosas. Ahora mismo, te compartiría un vídeo para mostrarte como la música que puse a todo volumen para intentar calmar los nervios de Dulce, por la pólvora de la alborada, terminó atrayendo a los gatos; primero a Milo, luego a Gabo y por último a Oreo. Solo falta Pepita pero ambos sabemos que ella, aunque sienta curiosidad, no va a entrar en una habitación cerrada donde están todos los perros.

Quisiera compartirte eso, como he querido compartirte otras vivencias de estos días. Pero no lo hago. Paso saliva y con ella el taco en la garganta que empieza a serme tan familiar. Y no lo hago porque sé que voy a querer a cambio una respuesta, y después de esa, otras. Que no existen. Entonces prefiero no dar nada, no decir nada, para no esperar nada. Y así, con muchas otras cosas.

Que mis lágrimas formen un caudal, para arrastrar todo lo que dejó de estar y de ser en mi vida. Que me limpien, desde adentro, en cada rincón, con fuerza, o con ternura. Que fluyan, rompan, remuevan, y agiten todo a su paso. Que saquen a flote lo diminuto, lo que subyace en las profundidades silentes donde se gesta la alquimia del dolor.

Aprender a ser libre de la esperanza que me estanca.
Una muralla de silencio, como refugio.
Dejar de ser.
Empezar a ser.
Limpiarlo todo.
Renunciar.

Y cuando estuvo en mitad del lago, se tendió de largo a largo en su barca, diciendo: ¿para qué imponer mi voluntad al viento? – F. G.