En la nostalgia se conservan las cosas que nacen fuera de tiempo, o que no nacen a tiempo. Muchas partes del alma avanzan, o retroceden, a esos lugares que no son lugares. Por eso, al recordar, o anhelar, buscamos en la evocación algo que nos permita quedarnos a vivir allí.

«Gritos de silencio», en todas las direcciones.
Se estremecen las distancias. Se aglomeran, inservibles, los pasados planes de futuro. Tartamudea la aguja, antes exacta, del reloj.
Y la ausencia, que me devuelve el reflejo de mi propia, y actual, ausencia de todos los actos, de todas las cosas.
Buscarse en todo. No encontrar reflejo en ningún lugar, en ningún espejo. Escuchar las primeras gotas de lluvia anunciando con timidez el invierno. Hacerse un nido. Llamar hogar al frío. Dejarse aturdir y paralizar. Anhelar existir, al menos, como recuerdo…

Tal vez, una parte de nosotros, que no sabemos nombrar, nos impulsa a ir saltando, cuesta arriba, de una piedra a otra; con la única intención de experimentar el placer que se oculta en hacer más letal la caída.

Que piensen las peores cosas de mí…
No sé cómo defenderme de eso.

– No sé si quiero defenderme de eso. –

No es que no me importe.
Solo no veo el sentido de hacerlo.

– ¿A quién le sirve que lo haga? –

Defenderse exige demasiada energía. Yo no tengo.