El alma, en un intento de anticiparse a las consecuencias tristes de algunas respuestas, ubica misterios en lugares altos; primero una alacena, luego, la viga de un techo, después, la copa de un árbol lleno de años, la terraza de un edificio en el que ya no vive nadie… Y así, cada vez un poco más alto.
Nos entretiene, con la tierna sensación de que podemos alcanzarlos, pero vuelve a elevarlos, un poco más allá. Parecido al padre que alentando al hijo que aprende a caminar, lo hace avanzar hacía un juguete.
El alma nos entretiene, de la «divina fatalidad de las cosas», de ella misma; asumiéndolas.
