El alma, en un intento de anticiparse a las consecuencias tristes de algunas respuestas, ubica misterios en lugares altos; primero una alacena, luego, la viga de un techo, después, la copa de un árbol lleno de años, la terraza de un edificio en el que ya no vive nadie… Y así, cada vez un poco más alto.

Nos entretiene, con la tierna sensación de que podemos alcanzarlos, pero vuelve a elevarlos, un poco más allá. Parecido al padre que alentando al hijo que aprende a caminar, lo hace avanzar hacía un juguete.

El alma nos entretiene, de la «divina fatalidad de las cosas», de ella misma; asumiéndolas.

Un descuido…

¿Veinte?, ¿cuatro?, ¿quince?

¡Mierda!

Se abre, infinito, un abismo en el alma al ver abierta la puerta de la calle. En las sientes choca, con violencia y en todas las direcciones, una pregunta:

¿Por cuánto tiempo ha estado así?

Correr, sin el corazón en el pecho, sin sangre en las piernas, como cuando se imagina lo peor… Buscar, mientras se suplica, que todos los animales estén duermiendo o jugando con candidez al interior de la casa.

Dejar que el alma se reincorpore y respire, entre los dedos que aflojan…

Estar a salvo, porque ellos lo están.

Abrazo mi vacío, donde me siento diminuta, donde se aglomeran los llantos que nadie nunca va a conocer y los silencios que me consuelan o me reclaman.

Tan cernido en la tierra el espíritu que tal vez un día, al menos, una pequeña flor podrá nacer en este lugar.

A veces, muchas veces, es más fácil pensar mal. A veces, muchas veces, un error del ego es darle a todas las ausencias el nombre de desinterés…

¿En qué lugar real y exacto nace cada ausencia?

– En el detenimiento, las respuestas. –

Hay ausencias que son treguas: para liberar del peso de las buenas intenciones, para que otras cosas puedan moverse, sembrarse y crecer en otros, nuevos y buenos, lugares.

Ausencias que nacen en medios hostiles, y que deben aprender a valerse por sí mismas; no son entendidas, ni pueden ser explicadas.

Un libro

Quiero una lectura que me obligue a serle infiel a todas las demás, ese libro que no quiera soltar, en ningún momento. Que sea tiernamente imprudente y me obligue a leerlo en horas laborales, evocando la sensación que era abrir a escondidas la bolsa de confites que papá guardaba con llave en su armario.

Un libro que me envuelva y me lleve a meditar, flotar en él, mecida en sus fragmentos, como si fueran hamacas.

Un libro que leerlo se asemeje al goce de reposar cómoda, una tarde cualquiera, en la tibieza serena del sol y que, como el viento, inquieto, llene de risas mis cabellos.

Un libro que no me abandone, que converse y adormile las dudas que regresan cada noche. Que se siente conmigo en mi juego favorito del parque, ese que se mueve adelante y atrás; al empujar con los pies y las manos.
Que, desafiando el tiempo y los embates que consumen la memoria, sea el pensamiento último acompañando mi carne antes de morir.

Un libro que ronronee cuando se dé cuenta que ya nada de lo previsto me hace reír.
Que sea mi vehículo, mi divagar continuo, mi camino conocido y recurrente cuando sólo soy una autómata.

Una historia que me conmueva, que me jale el corazón, desde el pecho hasta el piso de mis entrañas.

Y aquí me detengo, porque intuyo y temo que de algo así no hay retorno.

Sentir el espíritu molido es supervivencia, habla de la capacidad de mudar…
Molerse, volver a ser polvo, como paso indispensable para que en la lluvia volvamos a ser barro: moldeable.

Volver a definirnos, a ser formados, esta vez con más conocimiento.

Tere

Me remito a tu nacimiento porque pensé en tu muerte. Espero que donde estés seas feliz y que exista para ambas esa increíble posibilidad de volvernos a encontrar, esta vez para siempre, en algún lugar. Pensé en tu nacimiento y en tu vida, como una estrella que aparece por un extremo del cielo y se pierde por el opuesto.

¿Cómo fue el día en que naciste?
¿Cómo te veías cuando eras una niña?
¿Con qué jugabas?

¿A qué le tenías miedo?
¿Te sentías sola?

¿Alguien, en algún momento, se atrevió a abusar de tu inocencia?

¿Quiénes eran tus amigas cuando estudiabas?
¿Pudiste estudiar, ir al colegio? (esa parte de tu historia ya no la recuerdo, o tal vez nunca te lo pregunté).

Me faltó ser más curiosa, tener menos pena, ser menos torpe en cuanto a sentirme cómoda en el silencio que nace entre dos que se aman. Aún así, a pesar de mi torpeza, te quise y te quiero, desde siempre y para siempre. Y no ha pasado un día sin que dejes de ser la mejor persona que jamás en mi vida he podido, y que probablemente voy a poder, conocer… Eso es un regalo, fue un regalo estar en tu vida y que estuvieras en la mía. Y espero coincidir contigo en el mismo lugar donde se apagan las estrellas…