En el mar cada movimiento muere en el momento justo; no busca prolongarse u ocupar más de lo necesario. Consciente del ciclo, no se reusa a dar paso al inicio del siguiente movimiento…

Avanza y fluye, se renueva, entre agitación y calma.

A la niña que fuí y no supe cuidar…

¿Me perdonas?

Por no ser visible cuando te sentías pequeña, cuando ni siquiera sabías que de todo y de todos hay que dudar.

Desde este triste lugar, donde todo pasa y se convierte en olvido, estiro mis manos y toco tu rostro… No estabas sola, aunque no lo creas, todas las veces, yo estuve ahí, detrás del cristal del tiempo.

Todos estos años sirvieron para hacerme (y hacerte) fuerte. El espíritu creció más veloz que el cuerpo, alimentado por ese afán que, si lo comparo para darle dimensión, se asemeja a querer cuidar y conservar, como resistencia a la fatalidad, cualquier cosa buena encontrada después de una avalancha.

Debajo del lodo quedó escondida la herida.
La olvidaste (la olvidamos) por mucho tiempo…

Ineludibles, muchas cosas se tejen bajo ese velo silencioso y blanquesino que cubre el correr de los días…. Esta noche nos vemos. No hay niebla, ni cristal. La niña asustada avanza y llega a mí, la mujer que entiende.

La niña esta cerca, como nunca. Soy de su tamaño, y ella del mío. Me siento agotada; ya no puedo, y sé que en el futuro no podré, estirar más el espíritu. La niña avanza, movida por la curiosidad de la que siempre ha sido presa. Se acerca a la herida, que siempre ha estado ahí. La herida es grande, torció nuestras ramas… Pero trazó un puente, formó este hilo, con el que te traje a mí y me traje a ti. Estamos juntas.

El alma, en un intento de anticiparse a las consecuencias tristes de algunas respuestas, ubica misterios en lugares altos; primero una alacena, luego, la viga de un techo, después, la copa de un árbol lleno de años, la terraza de un edificio en el que ya no vive nadie… Y así, cada vez un poco más alto.

Nos entretiene, con la tierna sensación de que podemos alcanzarlos, pero vuelve a elevarlos, un poco más allá. Parecido al padre que alentando al hijo que aprende a caminar, lo hace avanzar hacía un juguete.

El alma nos entretiene, de la «divina fatalidad de las cosas», de ella misma; asumiéndolas.

Un descuido…

¿Veinte?, ¿cuatro?, ¿quince?

¡Mierda!

Se abre, infinito, un abismo en el alma al ver abierta la puerta de la calle. En las sientes choca, con violencia y en todas las direcciones, una pregunta:

¿Por cuánto tiempo ha estado así?

Correr, sin el corazón en el pecho, sin sangre en las piernas, como cuando se imagina lo peor… Buscar, mientras se suplica, que todos los animales estén duermiendo o jugando con candidez al interior de la casa.

Dejar que el alma se reincorpore y respire, entre los dedos que aflojan…

Estar a salvo, porque ellos lo están.

Abrazo mi vacío, donde me siento diminuta, donde se aglomeran los llantos que nadie nunca va a conocer y los silencios que me consuelan o me reclaman.

Tan cernido en la tierra el espíritu que tal vez un día, al menos, una pequeña flor podrá nacer en este lugar.

A veces, muchas veces, es más fácil pensar mal. A veces, muchas veces, un error del ego es darle a todas las ausencias el nombre de desinterés…

¿En qué lugar real y exacto nace cada ausencia?

– En el detenimiento, las respuestas. –

Hay ausencias que son treguas: para liberar del peso de las buenas intenciones, para que otras cosas puedan moverse, sembrarse y crecer en otros, nuevos y buenos, lugares.

Ausencias que nacen en medios hostiles, y que deben aprender a valerse por sí mismas; no son entendidas, ni pueden ser explicadas.

Un libro

Quiero una lectura que me obligue a serle infiel a todas las demás, ese libro que no quiera soltar, en ningún momento. Que sea tiernamente imprudente y me obligue a leerlo en horas laborales, evocando la sensación que era abrir a escondidas la bolsa de confites que papá guardaba con llave en su armario.

Un libro que me envuelva y me lleve a meditar, flotar en él, mecida en sus fragmentos, como si fueran hamacas.

Un libro que leerlo se asemeje al goce de reposar cómoda, una tarde cualquiera, en la tibieza serena del sol y que, como el viento, inquieto, llene de risas mis cabellos.

Un libro que no me abandone, que converse y adormile las dudas que regresan cada noche. Que se siente conmigo en mi juego favorito del parque, ese que se mueve adelante y atrás; al empujar con los pies y las manos.
Que, desafiando el tiempo y los embates que consumen la memoria, sea el pensamiento último acompañando mi carne antes de morir.

Un libro que ronronee cuando se dé cuenta que ya nada de lo previsto me hace reír.
Que sea mi vehículo, mi divagar continuo, mi camino conocido y recurrente cuando sólo soy una autómata.

Una historia que me conmueva, que me jale el corazón, desde el pecho hasta el piso de mis entrañas.

Y aquí me detengo, porque intuyo y temo que de algo así no hay retorno.