Siempre me han gustado los columpios. De todos los parques era mi juego favorito. Y cuando se acababa el paseo, mi hermano y yo, corríamos a columpiarnos los últimos minutos, antes de irnos.
El viento. El vacío. La tentación de saltar. Tirar la cabeza hacia atrás, para acostarme al descender y mirar al cielo, con sus rayos de sol detrás de mis zapatos. El pequeño mareo, al intentar llevar el cuerpo adelante mientras el columpio iba hacia atrás. La certeza de que quien me ayudaba a empujarlo para ir más alto, era alguien que me amaba mucho.
Ayer, en el entierro de la abuela de una de mis más cercanas amigas, pude recordar que me gustan los cementerios… Aún así, hacía más de ocho años que no visitaba uno.
Es que, evado estar tan cerca de recordar, tan vívidamente, que no estás… No de un modo en que yo pueda verte reír o escuchar tus historias o ayudarte a hacer hojuelas, empanadas y dulces, incluído ese de brevas, que tanto odiaba y sigo odiando (pero que me comía porque no iba a ser la única que te dijera que no lo disfrutaba).
…
Estás intacta en mis recuerdos más valiosos. Estás en las tardes que pasamos en el parque cercano a la casa, al que entrabamos con mamá y Andrés, por sólo un par de monedas.
Estás detrás de mi columpio. 💐