A la niña que fuí y no supe cuidar…
¿Me perdonas?
Por no ser visible cuando te sentías pequeña, cuando ni siquiera sabías que de todo y de todos hay que dudar.
Desde este triste lugar, donde todo pasa y se convierte en olvido, estiro mis manos y toco tu rostro… No estabas sola, aunque no lo creas, todas las veces, yo estuve ahí, detrás del cristal del tiempo.
Todos estos años sirvieron para hacerme (y hacerte) fuerte. El espíritu creció más veloz que el cuerpo, alimentado por ese afán que, si lo comparo para darle dimensión, se asemeja a querer cuidar y conservar, como resistencia a la fatalidad, cualquier cosa buena encontrada después de una avalancha.
Debajo del lodo quedó escondida la herida.
La olvidaste (la olvidamos) por mucho tiempo…
Ineludibles, muchas cosas se tejen bajo ese velo silencioso y blanquesino que cubre el correr de los días…. Esta noche nos vemos. No hay niebla, ni cristal. La niña asustada avanza y llega a mí, la mujer que entiende.
La niña esta cerca, como nunca. Soy de su tamaño, y ella del mío. Me siento agotada; ya no puedo, y sé que en el futuro no podré, estirar más el espíritu. La niña avanza, movida por la curiosidad de la que siempre ha sido presa. Se acerca a la herida, que siempre ha estado ahí. La herida es grande, torció nuestras ramas… Pero trazó un puente, formó este hilo, con el que te traje a mí y me traje a ti. Estamos juntas.