Me remito a tu nacimiento porque pensé en tu muerte. Espero que donde estés seas feliz y que exista para ambas esa increíble posibilidad de volvernos a encontrar, esta vez para siempre, en algún lugar. Pensé en tu nacimiento y en tu vida, como una estrella que aparece por un extremo del cielo y se pierde por el opuesto.
¿Cómo fue el día en que naciste?
¿Cómo te veías cuando eras una niña?
¿Con qué jugabas?
¿A qué le tenías miedo?
¿Te sentías sola?
¿Alguien, en algún momento, se atrevió a abusar de tu inocencia?
¿Quiénes eran tus amigas cuando estudiabas?
¿Pudiste estudiar, ir al colegio? (esa parte de tu historia ya no la recuerdo, o tal vez nunca te lo pregunté).
Me faltó ser más curiosa, tener menos pena, ser menos torpe en cuanto a sentirme cómoda en el silencio que nace entre dos que se aman. Aún así, a pesar de mi torpeza, te quise y te quiero, desde siempre y para siempre. Y no ha pasado un día sin que dejes de ser la mejor persona que jamás en mi vida he podido, y que probablemente voy a poder, conocer… Eso es un regalo, fue un regalo estar en tu vida y que estuvieras en la mía. Y espero coincidir contigo en el mismo lugar donde se apagan las estrellas…