Ceder a la pausa. Levantar el pie del acelerador. Hacer la pases con el silencio, o con el llanto, de ser necesario.

Respirar…

Me gusta la complicidad que esos momentos de quietud despierta en mis gatos. La curiosidad que los trae hacia a mí cuando me detengo. Me miran y es como si dijeran: ¡Oye, al fin! te lo debías y no va a acabarse el mundo por esto.

Olvido con frecuencia que en la pausa está el impulso. Ellos están ahí para laurearme cuando lo recuerdo.

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