La muerte se bambolea coqueta, como opción de calma, en mis momentos de honda tristeza.
La contemplo, largamente. No acudo a su llamado. Me confieso demasiado cobarde para aceptar su abrazo. Para propiciarlo. Pienso, dado el caso, en las preguntas que se harían los que me han amado. Eso me desarma, desmantela toda intención de dar el primer paso.
Lloro y duermo. No es, por supuesto, un alivio definitivo. Pero la vida, sabiéndome débil, tiene esa forma de darme dosis de pequeñas treguas momentáneas.